Detrás del mostrador

Tras el mostrador, el Chino –mediana edad, baja estatura, nervudo, arremangada la camisa, blanca como el mandil a la cintura– todavía tembloroso y medio pálido, sonreía orgulloso.
–¿Por qué hiciste eso, idiota! –gritó angustiada, si bien con energía, su esposa, señora rechoncha a cuyo vestido cubrían el entonces infaltable delantal de peto floreado y un quisquémel de estambre– ¿Qué tal si te mata?
–A ese pendejo le faltaba lo que al carrizo –contestó él.

La cervecería que atendía el Chino, El Pavo Real, estaba en la esquina de Roldán y Corregidora, a la vuelta de la Alhóndiga, en la mera Merced. Corrían los años cincuenta y aún no se construían las grandes naves de Anillo de Circunvalación que albergaron a los comerciantes mercedarios. Era casi de madrugada. Transeúntes ocasionales caminaban por las calles apenas iluminadas por los mortecinos focos del alumbrado público. Sus sombras se proyectaban gigantescas en las paredes. Uno que otro cargador, mecapal al hombro y balbuciendo incoherencias, trastabillaba borracho por el arroyo, cuyo pavimento, de por sí oscuro, relumbraba como una negra pista de patinaje formada por la capa de lodo que lo cubría. Montículos de basura se sucedían, hurgados por enormes ratas que en un enloquecido ir y venir corrían frenéticas de un puesto a otro de los colocados sobre el arroyo de Roldán y que, montados en burros de madera y cubiertos a esa hora con grandes ayates fuertemente atados con reatas, ocupaban desde la calle de Emiliano Zapata hasta la de República de El Salvador. Como una gran boca, la noche mercedaria eructaba un olor agrio, acebollado, pútrido.
Frente al negocio, un tanto apartado de la acera, estaba el puesto de tacos de Rodrigo y su primo, quienes ya se disponían a cerrar y lavaban sus utensilios a la luz de los focos utilizados para alumbrarse, claro, pero al mismo tiempo para, abrillantándola, hacer antojable la rosácea carne de cerdo que depositaban en la vitrina, ahora vacía. Doña Pancha y uno de sus hijos pequeños habían ido a la cervecería para acompañar al Chino de regreso a casa. Lo hacían con cierta frecuencia, más como manifestación de cariño que por temor de que algo le ocurriera, pues, pese a la lobreguez del camino, el peligro era escaso, además de que vivían cerca: la tercera de Leona Vicario, derechito de Roldán, unas ocho cuadras. También el Chino estaba a punto de cerrar.
Disipada la tensión de la jornada, mientras barría, contento por la presencia de su mujer y su hijo, el Chino platicaba desde el dintel del negocio con los taqueros.
–¿Qué tal estuvo la venta, muchachos?
–Régules, patrón –respondió Rodrigo, haciendo un alto en su tarea–. ¿Y a usted cómo le fue?
–Pues bien. Pa qué no quejamos.
–¿Verdá, patrón?
La conversación la interrumpió un hombre tocado con sombrero de palma, de apariencia astrosa y mirada perdida que portaba una bolsa de mandado y solicitó un cigarro al Chino, quien le dijo que no fumaba. La reacción del individuo fue inmediata e inesperada: una fuerte bofetada al Chino, quien, estupefacto por lo sorpresivo del golpe, soltó la escoba y sólo atinó a mentarle la madre, en tanto caminaba en reversa al interior del local, seguido por la esposa y el hijo, asustados y mudos, al igual que los taqueros. El violento sujeto, aprovechando el momento de desconcierto, entró a la cervecería y súbitamente sacó un machete de la bolsa que traía y avanzó hacia el Chino. El niño, de unos once años, que no se explicaba aún por qué su padre no había respondido a la agresión del individuo pero captó el movimiento de éste, tomó con rapidez la escoba dejada a un lado y, decidido, lanzó con ella un golpe en la mano del ebrio con el propósito de que soltara el machete. Sin embargo, en su precipitación no advirtió que había tomado al revés la escoba, de manera que le pegó con los popotes. Enardecido, el sujeto volteó hacia el niño y, blandiendo la hoja, se abalanzó contra él, que se espantó, aventó la escoba y, perseguido, salió corriendo del local. El miedo le había puesto alas en las piernas y brincaba uno a uno los montones de basura que se interponían a su paso, mientras que de soslayo creía ver que el machete volaba solo y estaba a punto de alcanzarlo.
–¡Déjelo, infeliz! –gritaba aterrada, llorosa, la madre al agresor.
–¡Mátame a mí, cabrón! –exclamaba con angustia
el Chino.
Aparentemente, los taqueros se habían desentendido del asunto, pero, se vio después, estaban en espera del momento propicio. Que llegó cuando el niño, el atacante tras él, se había retirado unos cincuenta metros de la cervecería y de pronto dio la vuelta rumbo al puesto de tacos, al que llegó por detrás. Rodrigo, a un lado, lo dejó pasar, y calculando el instante en que pasaría el energúmeno, le dio en la nuca un tremendo toletazo con el bat que siempre tenía a la mano “por si las moscas” y aquél cayó de bruces, lo que aprovechó el mismo Rodrigo para retirar el machete, soltado por el desquiciado. Pero contra lo que se pensaría, éste se levantó rápidamente y echó a correr por Roldán hacia la calle de República de El Salvador, donde lo alcanzaron los taqueros, Nicasio –sobrino del Chino que siempre aparecía cuando ya no había problema–, el niño y sus padres. Allí, Nicasio lo derribó y le propinó cinco o seis puñetazos, y hasta el niño, todavía temblando y lloroso, le dio la patadita de la honra en las costillas. Luego dejaron que se incorporara el hombre, quien huyó raudo hacia la oscuridad.
En la confianza de que todo había concluido, el grupo regresó a la cervecería comentando y aun festejando los sucesos.
–Ese cuate venía mariguano, ¿viste el madrazo que le di y luego luego se levantó? –comentó Rodrigo.
–Sí, estaba moto –afirmó Nicasio–. Ni le dolieron los madrazos que le acomodé.
–¡Qué sustote me dio, papá! –dijo el niño–. Pero todo por pegarle con los popotes.
–Cálmate, hijo. Hiciste bien. Si no lo has distraído a lo mejor me descuartiza.
–Pos te hubiéramos hecho en carnitas, ¿verdad, muchachos? –dijo bromeando doña Pancha.
–Pos sí, patrón –asintieron los taqueros.
–¡Ay, Pachita, ya ni la friegas! –terció Nicasio, confianzudo con su tía.
–¡Qué pasó con ese respetillo! –concluyó jovial
el Chino.
Sin embargo, no habían transcurrido quince minutos cuando el pendenciero, las huellas de los golpes en el rostro, reapareció, esta vez empuñando una escuadra calibre 45. Nicasio se había retirado y el Chino y su familia se encontraban detrás del mostrador. Los taqueros estaban a punto de terminar su talacha. Todos enmudecieron al ver entrar al individuo armado apuntando hacia el Chino, quien volteó con gran rapidez a la contrabarra y tomó de ahí un objeto de vidrio marrón oscuro. Los testigos se miraron unos a otros, alarmados. El agresor, obnubilado, se adelantó a amedrentar al
Chino:
–¡Te voy a matar, pinche zotaco! –vociferó.
–¡Me matas, madres! –contestó con energía el Chino–. ¡Yo te voy a matar a ti, hijo de la chingada! –gritó decidido y sosteniendo con firmeza el objeto marrón:– ¡Dispara si eres tan cabrón! ¡Ándale, güey! ¡Quiero ver si eres tan machito! ¡Órale, infeliz!
Los dos hombres estaban pálidos, pero al mariguano, conforme escuchaba los insultos del Chino y percibía su determinación, le comenzaron a temblar las corvas y se le perló de sudor el rostro. Sintió que la mano que empuñaba el arma perdía fuerza, lo cual le hizo bajarla y soltarla. La pistola cayó al suelo. El individuo, corriendo despavorido, salió del negocio, mientras los circunstantes suspiraban largamente.
Un tanto tembloroso pero contento, el Chino sopló hacia la punta de la pistola de vidrio marrón como si hubiera disparado con ella y dirigió una mirada cariñosa a su hijo.

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