En las vecindades de antaño, yo me crié en una, la pelea mujeril por los espacios era cosa de todos los días. Que por qué quitó mi ropa del lavadero si lo tenía apartado pinche vieja pinche usted que nació encuerada que por qué tiende sus trapos en mi pedazo infeliz trapos los suyos vieja fodonga fodonga la más vieja de su casa con mi madrecita no se meta pues entonces chingue a su padre que atrévase a pegarle a mis hijos y le parto el hocico a poco nomás es de partir…
Pues ocurrió que una mañana, la del 15 tocó a la puerta de doña Pancha, la del 13. Doña Francisca, le dijo aquélla, que alardeaba de posibles y buena educación, es la última vez que permito que sus escuincles me ensucien la ropa con su pelota; la próxima les voy a dar un escarmiento. Hágales algo, pendeja, y le saco el mole. ¿Me saca?, ya veremos.
La del 15 entró a su vivienda y salió armada de una pistolota: ¿qué dijo que me iba a hacer? Doña Pancha, como las vecinas que argûendeaban en los lavaderos y los chamacos que corrían en el gran patio, se impresionó pero procuró no darlo a notar. Ah, ¿con pistola? Yo también tengo; a poco cree que le tengo miedo, cabrona. Y presurosa, entró a su pieza, hurgó en los cajones del ropero y dio con ella: una Smith and Wesson 22 con cachas nacaradas que su marido usaba ocasionalmente cuando iba al rancho.
Salió a enfrentar a su adversaria, cuya estatura iba con su pistolón. ¡Niños, métanse!, ora verá esta presumida. Ora sí, infeliz, dispare si es tan valiente, se me hace que le falta lo que al carrizo. La mujerona no esperaba esta reacción de doña Pancha y se amedrentó. Órale, insistió doña Pancha, lo que sea que suene. La del 15 no ocultó su miedo, sintió que las piernas se le doblaban y entró rápidamente a su casa.
Doña Pancha, trastabillante, se metió a su vivienda y suspirando les dijo a sus hijos mientras examinaba por un lado y por otro el arma: ¿Y cómo se manejará esto?